TIEMPO DE CUARESMA
La Cuaresma es el tiempo
que precede a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de
Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de
reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas
de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno y la limosna.
Según una constante de
la piedad popular, que tiende a centrarse en los misterios de la humanidad
de Cristo, en la Cuaresma los fieles concentran su atención en la pasión y
muerte del Señor. (Directorio Piedad popular y
liturgia, n. 124-125)
En el momento de la
imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, el sacerdote nos recuerda las conocidas
palabras del Génesis, a continuación del pecado original: Acuérdate, hombre, de
que eres polvo y en polvo te has de convertir. (Joel 2,12; Génesis 3,19)
Hemos entrado en el
tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es
tarea fácil. El cristianismo no es un camino cómodo: no basta estar en
la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los
cristianos, la conversión primera ese momento único, que cada uno recuerda, en
el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide- es importante;
pero más importante aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y
para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas,
hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto
lo que va mal, pedir perdón. (Josemaría
Escrivá de Balaguer, La Conversión de los hijos de Dios, n. 57)
En toda la Iglesia se
observa, con gran fruto para las almas, la costumbre saludable de confesarse en
el santo tiempo de Cuaresma. El santo concilio aprueba esta costumbre y la
recibe como cosa piadosa y digna de ser observada. (Concilio de Trento, sección XIV, capítulo 5)
El que obtener la
reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los
pecados graves que no ha confesado aún y de los que se acuerde tras examinar
cuidadosamente su conciencia. Sin ser necesaria, de suyo, la confesión de
las faltas veniales está recomendada vivamente por la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1493)
Cuando uno de nosotros
reconoce que está triste, debe pensar: es que no estoy suficientemente cerca de
Cristo. Cuando uno de nosotros reconoce en su vida, por ejemplo, la inclinación
al mal humor, el mal genio, tiene que pensar eso; no echar la culpa a las cosas
de alrededor, que es una manera de equivocarnos, es una manera de desorientar
la búsqueda. (A.M.
García Dorronsoro, Tiempo para creer, p. 118)
¿Pero dónde buscar al
Señor? ¿Cómo acercarse a Él y conocerlo? En el Evangelio, meditándolo,
contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual, estudiando y
profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía, adorándolo,
deseándolo, recibiéndolo.
¿Cuándo perderás, amigo mío, ese miedo
por la santidad? ¿Cuándo te convencerás de que el Señor te quiere santo? Sea
cualquiera tu condición, tu profesión o empleo, tu salud, tu edad, tus fuerzas
o tu posición social, si eres cristiano, el Señor te quiere santo.
(Salvador Canals, Ascética
meditada, edición 34, p. 18s)
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