LA NUEVA EVANGELIZACIÓN: UNA VISIÓN COMÚN
Después de dos mil años de
existencia, es difícil hacer cosas “por primera vez”. La mayor parte de lo que
uno tiene que decir o hacer ya ha sido dicho o hecho antes. Sin embargo, la Lumen
Fidei (La luz de la fe) sí que fue un “por primera vez”. Fue la
primera encíclica en la historia de la Iglesia católica escrita por dos papas.
El Papa Benedicto XVI la comenzó. El Papa Francisco la concluyó.
Ese hecho tiene una particular
importancia. A diferencia de cualquier otra encíclica, a la Lumen Fidei
la respalda el peso de dos sucesores de Pedro. Es también fruto del pensamiento
y las oraciones de dos grandes evangelizadores del siglo XXI, dos hombres que,
en cierto modo, se parecen a los dos grandes evangelizadores del siglo I: Pedro
y Pablo, el pescador y el erudito.
De estos dos hombres, y de la
encíclica que escribieron, procede el plan de acción para la nueva
evangelización. Eso es, de hecho, la Lumen Fidei: las directrices, las
instrucciones para acometer la misión que tenemos por delante.
Pero no es, sin embargo, un plan de
acción del cual ellos son los únicos responsables. Es, más bien, una obra a la
que han contribuido todos los papas de los últimos cincuenta años, una obra que
tiene su origen en el Concilio Vaticano II, y antes.
Liderado por Josef Jungman y Johanes
Hofinger -aunque incluía también otras figuras, como el cardenal Jean Daniélou,
Henri de Lubac y Hans Urs von Balthasar-, el Movimiento Kerigmático instaba a
clérigos y laicos a recuperar el kerygma del Nuevo Testamento, es decir,
a hacer que el Evangelio ocupara una posición más central en la predicación,
las enseñanzas y la vida católica.
Y así, en vez de sacerdotes
predicando homilías que catequizaran a los fieles sobre la ley moral y los
santos, los teólogos kerigmáticos querían sacerdotes que abrieran las
Escrituras y condujeran a los bautizados a un encuentro más íntimo con
Jesucristo, mediante la explicación de la Palabra. También querían que los
católicos vivieran según una imitación más profunda de lo que descubrían en el
Evangelio, acercándose a la vida de la fe con una novedad y una frescura que
recordara a los primeros cristianos.
Mientras en los documentos del C.
Vaticano I el término “evangelio” solo se utilizó una vez -y se trataba de una
referencia a uno de los cuatro Evangelios-, un siglo después, en los documentos
del Vaticano II, encontramos la palabra “evangelio” 157 veces. De igual modo,
aunque en el Vaticano I nunca se utilizaron palabras como “evangelizar”, “evangelizando”
o “evangelización”, en el Vaticano II, el verbo “evangelizar se utilizó 18
veces y el sustantivo “evangelización”, 31 veces.
Esa profusión sin precedentes de
términos que se refieren al evangelio y la evangelización no
revelaban simplemente un cambio en los usos lingüísticos. Revelaban también un
cambio de enfoque, un cambio que se hizo más patente aún a la vista de las
decisiones que tomó el Papa Pablo VI cuando el concilio se acercaba a su fin.
(Scott Hann, La
evangelización de los católicos, p. 19-22, Ediciones Palabra, 2015)
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