La
segunda generación cristiana (70.110 d.C.)
Con la destrucción del templo de Jerusalén se produjo una situación nueva dentro del judaísmo, que afectó a las comunidades cristianas. Al desaparecer el templo y la clase sacerdotal, el judaísmo se replegó en torno a la ley, y nació una nueva ortodoxia vigilada por los fariseos y los maestros de la ley, cuya tolerancia acrecentó las tensiones entre la Iglesia cristiana y la Sinagoga judía, hasta llegar a una abierta ruptura y al enfrentamiento, que se percibe claramente en algunos escritos del Nuevo Testamento de esta época (Mateo y Juan). Este hecho favoreció la identificación de la Iglesia como algo distinto del judaísmo. Al mismo tiempo, la actitud de las comunidades cristinas hacia la cultura helenística y hacia el impero romano era en esta época de diálogo e integración (Lucas y Hechos).
Hacia dentro, las comunidades cristianas se enfrentaban en esta época a una crisis de maduración. Había desaparecido ya los ímpetus iniciales y resultada difícil vivir la radicalidad del evangelio. La tentación de acomodarse al mundo era grande, y la perseverancia difícil. Por eso se hacía necesario recuperar la radicalidad de vida de Jesús contenida en las tradiciones evangélicas.
La
desaparición de los apóstoles que habían conocido a Jesús es otra
característica de esta nueva situación. Ya nadie podía decir: Yo lo vi,
y por eso se hacía más urgente conservar de forma fidedigna las tradiciones
recibidas. Nacen así diversas
tradiciones vinculadas a los principales apóstoles de la primera generación
(Pedro, Santiago, Juan y Pablo), y relacionadas con las diversas áreas de
implantación del cristianismo. La tradición petrina tenía su centro en
Antioquía, la de Santiago en Jerusalén, la de Juan en las zonas rurales de
Transjordania, y la de Pablo, que era la más extendida en las regiones de Asia
Menor, Grecia y Roma.
En esta época el cristianismo había llegado también a Egipto y a otros lugares, donde florecieron otras tradiciones vinculadas a otros apóstoles o personajes importantes (Tomás, María Magdalena). La diversidad es una de las características del cristianismo en esta época. Sin embargo, durante esta segunda generación se inició un proceso de unificación de las diversas tradiciones en torno a las dos más importantes: la petrina y la paulina, que se convirtieron en norma y medida de las demás.
(Varios autores, Comentario al Nuevo Testamento /
Casa de la Biblia, séptima edición 1995, p.21-22, nº 7)
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