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Entre todas las palabras de la Sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresa, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los Misterios del “comienzo”: creación, caída, promesa de la salvación. (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 289)
Hemos visto en
el primer capítulo del Génesis cómo todo el universo fue creado como un templo.
Pero, si es un templo, ¿Dónde está el santuario?, ¿dónde está el sacerdote? El
segundo capítulo del Génesis contesta a estas preguntas.
Cuando el Señor Dios hizo tierra y cielo, aún no había en la tierra ningún
arbusto silvestre, y aún no había brotado ninguna hierba del campo -pues el
Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra ni había nadie que trabajara
el suelo-, pero un manantial brotaba de la tierra y regaba toda la superficie
del suelo. Entonces, el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, insufló
en sus narices aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo. El
Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había
formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a
la vista y buenos para comer; y además, en medio del jardín, el árbol de la
vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. (Génesis 2, 4-9)
Génesis 1
describe cómo Elohim llamo al universo a la existencia, y en Génesis 2,
sobre la formación de Adán y lo puso en el jardín del Edén.
El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que
trabajara y lo guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: De
todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del
bien y del mal no comeras, porque el día que comas de él, morirás.
Adán podía
comer el fruto de cualquier árbol del paraíso, incluido el árbol de la vida.
Había, sin embargo, una sola excepción: no podía comer el árbol del
conocimiento del bien y del mal.
Entonces dijo
el Señor Dios. No es bueno que el hombre esté solo: voy a hacer una ayuda
adecuada para él.
A continuación,
el relato describe cómo Dios presenta todas las criaturas a Adán, y Adán les
poner nombre a cada una de ellas. Al presentarle los animales uno a un, Dios le
muestra a Adán cómo él es diferente de los animales: “Pero para él no encontró una
ayuda adecuada”.
Entonces el Señor Dios infundió un profundo sueño al hombre y éste se
durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el hueco con carne. El Señor
Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó
al hombre. Entonces dijo el hombre: Ésta si es huevo de mis huesos, y carne de
mi carne. Se la llamará mujer, porque del varón fue hecha.
El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”:
no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una
comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque
a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos”) y complementarios
en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que
formando “una sola carne” (Génesis 2,24), puedan transmitir la vida humana: “Sed
fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Génesis 1,28). Al
transmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como
esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador.
(cf. Vaticano
II, GS, 50,1 y Catecismo nº 372)
(Scott Hahn,
Ph. D. MEDWEST THEOLOGICAL FORUM/Editorial Edibesa,
Curso
para el estudio de la Biblia, capitulo 3/4, p. 54-55)