Somos una porción santa: practiquemos obras de santidad. Evitemos la calumnia, la impureza, la embriaguez y el afán de novedades, la abominable codicia, el odioso adulterio, la detestable soberbia: Dios -dice la Escritura- resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia (Sant 4,6).
Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta a los que a sí mismos se enaltecen. Que los demás den testimonio de nuestras buenas obras, como se ha dado de nuestros padres, varones justos. Dios maldice el descaro, la arrogancia y la temeridad; mientras la modestia, la humildad y la mansedumbre brillan en los bendecidos por el Señor.
El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y holgazán no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y diligentes en las buenas obras, ya que del Señor nos viene todo. Él mismo nos lo ha dicho: he aquí el Señor, y su recompensa delante de su faz, para dar a cada uno según su trabajo (Is 40,10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en Él nuestra fe, con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligente en ningún genero de obras buenas.
Miembros de un
mismo Cuerpo
(Epístolas a los Corintios, 37-38, 42, 44, 46-47, 56)
Por tanto, conserve nuestro cuerpo en
Cristo Jesús, y sométase cada uno a su prójimo tal como fue establecido por su
gracia. El fuerte cuida del débil, y el débil respeta al fuerte; el rico provea
al pobre, y el pobre dé gracias a Dios por haber dispuesto que alguien se
encargue de suplir su necesidad. El sabio muestre su sabiduría no con palabras,
sino con buenas obras.
¿Por qué hay entre vosotros discordias,
iras, disensiones, cismas y guerra? ¿Acaso no tenemos un único Dios, un único
Cristo, un mismo Espíritu de gracia que ha sido derramado sobre nosotros y una
única llamada en Cristo? Recordad las palabras de Jesús Nuestro Señor. Pues
dijo: ¡ay de aquel hombre! Mejor sería para él no haber nacido que
escandalizar a uno de mis elegidos: Mejor sería para él ceñirse una piedra de molino
y hundirse en el mar que extraviar a uno de mis elegidos (cfr. Mt 26,25; Lc
17,1.2). Vuestro cisma extravió a muchos, empujó a muchos al desaliento, a
muchos a la duda, a todos nosotros a la tristeza, y vuestra revuelta es tenaz.
(José Antonio Loarte, El tesoro
de los Padres / Selección de textos de los Santos Padres para el cristiano
del tercer milenio, p.24-27, Ediciones Rialp, Madrid, 1998, apartado nº 8)
**********************************