jueves, 25 de junio de 2026

PATRÍSTICA – PATROLOGÍA
Testigos de los comienzos (siglos I-II) apartado nº 5

      Después de la Ascensión del Señor al Cielo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles, cumpliendo el mandato de Cristo, se dispersaron por todo el mundo entonces conocido para llevar a cabo la misión que el Señor mismo les había confiado: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 29-20)

      Muy pronto, comenzando por Jerusalén y por Judea, el Cristianismo se extendió por toda Palestina y llegó a Siria y Asia Menor, al norte de África, a Roma y hasta los confines de Occidente. En todas partes, los Apóstoles y los discípulos de la primera ahora transmitieron a otros lo que ellos habían recibido, dando así origen a la Tradición viva de la Iglesia. Los primeros eslabones de esta larga cadena que llega hasta nuestros días son los Apóstoles; de los penden, como eslabones inmediatos, los Padres y escritores de finales del siglo I y primera mitad del segundo, a los que habitualmente se denominan apostólicos por haber conocido personalmente a aquellos primeros. El nombre proviene del patólogo Cotelier que, en el siglo XVI, hizo la edición príncipe de las obras de cinco de esos Padres, que según el “florecieron en los tiempos apostólicos”. En esa primera edición, figuran la Epístola de Bernabé (que entonces supuso equivocadamente que había silo escrita por el compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos), Clemente Romano (que efectivamente, según el testimonio de San Ireneo, conoció y trató a los Apóstoles Pedro y Pablo), Hermas (a quien erróneamente se identificó con el persona de ese nombre citado por San Pablo en la Epístola a los Romanos); Ignacio de Antioquía (que muy bien pudo conocer a los Apóstoles) y Policarpo (a quien San Ireneo testimonia explícitamente que había conocido al Apóstol San Juan.

      Como escribe el antiguo historiador de la Iglesia, Hegesipo, sólo “cuando el sagrado coro de los Apóstoles hubo terminado su vida y había pasado la generación de los que había tenido la suerte de escuchar con sus propios oídos a la Sabiduría divina, entonces fue cuando empezó el ataque de errores impíos, por obra del extravío de los maestros de doctrinas extrañas”.

     Estos testigos de los comienzos, como los hemos llamado, no se proponen defender la fe frente a los paganos, judíos o herejes (aunque algún eco de tal defensa se encuentra de vez en cuando), ni pretenden desarrollar científicamente la doctrina, sino que tratan de transmitirla como la han recibido, con recuerdos e impresiones a veces muy personales. Su estilo es, por eso, directo y sencillo; hablan de lo que viven y de lo que han visto vivir a los primeros discípulos: aquéllos que conocieron a Cristo cuando vivía entre los hombres y tocaron -como afirma San Juan- al mismo Verbo de la vida (cfr. Jn 1,1).    

      La datación de estos escritos va desde el año 70 (en vida, por tanto, de algunos de los Apóstoles) hasta mediados del siglo II, cuando muerte Policarpo de Esmirna, que había conocido al Apóstol San Juan. Un lago arco de tiempo, cuya parte final se superpone a los comienzos de la segunda etapa, la de los apologista y defensores de la fe, que podrán los fundamentos de la teología y pasarán al relevo de la Tradición -superando numerosas persecuciones, de dentro y de fuera- a los que serían las luminarias de los grandes Concilios ecuménicos de la antigüedad.                              

(José Antonio Loarte, El tesoro de los Padres / Selección de textos de los Santos Padres para el cristiano del tercer milenio, p.19-20,Ediciones Rialp, Madrid, 1998, apartado nº 5)

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