PATRÍSTICA – PATROLOGÍA
Testigos de los comienzos (siglos I-II) apartado nº 5
Después de la Ascensión del Señor al
Cielo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles,
cumpliendo el mandato de Cristo, se dispersaron por todo el mundo entonces
conocido para llevar a cabo la misión que el Señor mismo les había confiado: id,
pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os
he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo. (Mt 28, 29-20)
Muy pronto, comenzando por Jerusalén y por
Judea, el Cristianismo se extendió por toda Palestina y llegó a Siria y Asia
Menor, al norte de África, a Roma y hasta los confines de Occidente. En todas
partes, los Apóstoles y los discípulos de la primera ahora transmitieron a
otros lo que ellos habían recibido, dando así origen a la Tradición viva de la
Iglesia. Los primeros eslabones de esta larga cadena que llega hasta nuestros
días son los Apóstoles; de los penden, como eslabones inmediatos, los Padres y
escritores de finales del siglo I y primera mitad del segundo, a los que
habitualmente se denominan apostólicos por haber conocido personalmente
a aquellos primeros. El nombre proviene del patólogo Cotelier que, en el siglo
XVI, hizo la edición príncipe de las obras de cinco de esos Padres, que según
el “florecieron en los tiempos apostólicos”. En esa primera edición, figuran la
Epístola de Bernabé (que entonces supuso equivocadamente que había silo escrita
por el compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos), Clemente Romano (que
efectivamente, según el testimonio de San Ireneo, conoció y trató a los
Apóstoles Pedro y Pablo), Hermas (a quien erróneamente se identificó con el persona
de ese nombre citado por San Pablo en la Epístola a los Romanos); Ignacio de
Antioquía (que muy bien pudo conocer a los Apóstoles) y Policarpo (a quien San
Ireneo testimonia explícitamente que había conocido al Apóstol San Juan.
Como escribe el antiguo historiador de la
Iglesia, Hegesipo, sólo “cuando el sagrado coro de los Apóstoles hubo terminado
su vida y había pasado la generación de los que había tenido la suerte de
escuchar con sus propios oídos a la Sabiduría divina, entonces fue cuando
empezó el ataque de errores impíos, por obra del extravío de los maestros de doctrinas
extrañas”.
Estos testigos de los comienzos, como los
hemos llamado, no se proponen defender la fe frente a los paganos, judíos o
herejes (aunque algún eco de tal defensa se encuentra de vez en cuando), ni
pretenden desarrollar científicamente la doctrina, sino que tratan de
transmitirla como la han recibido, con recuerdos e impresiones a veces muy
personales. Su estilo es, por eso, directo y sencillo; hablan de lo que viven y
de lo que han visto vivir a los primeros discípulos: aquéllos que conocieron a
Cristo cuando vivía entre los hombres y tocaron -como afirma San Juan- al mismo
Verbo de la vida (cfr. Jn 1,1).
La datación de estos escritos va desde el
año 70 (en vida, por tanto, de algunos de los Apóstoles) hasta mediados del
siglo II, cuando muerte Policarpo de Esmirna, que había conocido al Apóstol San
Juan. Un lago arco de tiempo, cuya parte final se superpone a los comienzos de
la segunda etapa, la de los apologista y defensores de la fe, que podrán los
fundamentos de la teología y pasarán al relevo de la Tradición -superando
numerosas persecuciones, de dentro y de fuera- a los que serían las luminarias
de los grandes Concilios ecuménicos de la antigüedad.
(José Antonio Loarte, El
tesoro de los Padres / Selección de textos de los Santos Padres para el
cristiano del tercer milenio, p.19-20,Ediciones Rialp, Madrid, 1998, apartado
nº 5)
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