San Clemente Romano, apartado nº. 7
Los primeros sucesores de San Pedro en la
sede de Roma fueron, según testimonia la Tradición, Lino (hasta el año 80) y
Anacleto, también llamado Cleto (80-82) “Después de ellos, cuenta San Ireneo,
en tercer lugar, desde los Apóstoles, accedió al episcopado Clemente, que no
sólo vio a los propios Apóstoles, sino que con ellos conversó y pudo valorar
detenidamente tanto la predicación como la tradición apostólica”. Fue San
Clemente, por tanto, el cuarto de los Papas. Como parece querer indicar San
Ireneo, este santo Vicario de Cristo fue un eslabón muy importante en la cadena
de la continuidad, por su conocimiento y por su fidelidad a la doctrina
recibida de los Apóstoles. Nada dicen los más antiguos escritores eclesiásticos
sobre su muerte, aunque el Martyrium Sancti Clementis, redactado entre
los siglos IV y VI, refiere que murió mártir en el Mar Negro, entre los años 99
y 101. Poco antes debió de redactar su Carta a los Corintios, que es uno
de los escritos mejor testimoniados en la antigüedad cristiana, pues fue muy célebre
y citado en los primeros siglos.
El motivo fue una disputa surgida entre
los fieles de Corinto, en la que se llegó incluso a deponer a varios
presbíteros. La carta pretende llamar a la paz a los cristianos de Corinto; y
quiere inducir a la penitencia y al arrepentimiento de aquellos desconsiderados
que injustamente se habían rebelado contra la legítima autoridad, fundada sobre
la tradición de los Apóstoles. Además, constituye un documento de capital
importancia para el conocimiento de la Teología y de la Liturgia romana.
Grave debía de ser la situación creada en
aquella antigua iglesia a la que San Pablo dedicó sus mayores cuidados y
reprensiones paternales con motivo de otros desórdenes, que años después
parecían volver a reproducirse. El tono de la carta combina la dulzura y
energía de un padre; pero es preciso subrayar que San Clemente no escribe como
si fuera una voz autorizada cualquiera, sino como quien es consciente de tener
una especial responsabilidad en la Iglesia, Incluso comienza disculpándose por
no haber intervenido con la prontitud debida, a causa de “las repentinas y
sucesivas desgracias y contratiempos” que había afectado a la Iglesia de Roma:
muy probablemente se refiere a la cruel persecución de Diocleciano. Se trata de
un testimonio antiquísimo sobre la primacía de Roma como Cabeza de la Iglesia
universal
(José Antonio Loarte, El tesoro de los Padres / Selección de textos de los Santos Padres para el cristiano del tercer milenio, p.23-24, Ediciones Rialp, Madrid, 1998, apartado nº 7)
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