El
amor al prójimo estaba ya mandado en el Antiguo Testamento: No te
vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como
a ti mismo. Yo, el Señor.
(Levítico, 19,18).
Una
importante Carta pastoral de san Pablo a la comunidad de Corintio, hacia el año
50-51, comienza con el “Himno a la caridad” canto a la excelencia del amor,
capítulo 13, 1-7:
Aunque hablara las lenguas de los
hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena
o un golpear de platillos.
Y aunque tuviera el don de profecía y
conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como
para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada.
Y aunque repartiera todos mis bienes, y
entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me
aprovecharía.
La caridad es paciente, la caridad es
amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no
busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia,
se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo
lo soporta.
(San Josemaría Escrivá, Forja, n. 457).
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