PATRÍSTICA – PATROLOGÍA. San Ignacio de Antioquía
Ignacio era el segundo o tercer sucesor
de San Pedro en la Sede de Antioquía, pues los testimonios no son unánimes.
Ante todo, era un pastor de almas, enamorado de Cristo y preocupado tan sólo de
custodiar el rebaño que le había sido confiado Su mejor retrato nos lo
proporciona él mismo en las cartas que escribió a varias comunidades cristianas
mientras se encontraba de camino hacia Roma.
Por su contenido, estas cartas tienen en gran interés doctrinal. Bastantes de los temas que tratan están determinados por la polémica contra las herejías más difundidas, especialmente el docetismo, que negaba la realidad de la encarnación del Verbo. San Ignacio afirma con energía la verdadera divinidad y la verdadera humanidad del Hijo de Dios. Otro punto importante es la doctrina sobre la Iglesia. San Ignacio considera que el ser de la Iglesia está profundamente anclado en la Trinidad y, a la vez, expone la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Su unidad se hace visible en la estructura jerárquica, sin la cual no hay Iglesia y sin la que tampoco es posible celebrar la Eucaristía.
Camino del
martirio (Carta
a los Romanos, intr. y cap. 4, 6-7)
Ignacio, llamado también Teóforo
[portador de Dios], a la Iglesia que ha
alcanzado misericordia en la magnificencia del Padre Altísimo y de Jesucristo,
su único Hijo, a la Iglesia amada e iluminada en la Voluntad de que ha querido
todo lo que existe conforme al amor de Jesecrusito, Nuestro Dios; Iglesia que
preside en la región de los romanos, y es digna de éxito, digna de pureza; la
que está a la cabeza de la caridad, depositaria de la ley de Cristo y adornada
con el nombre del Padre: a ella la saludo en el nombre de Jesucristo , Hijo del
Padre. A los que están unidos en carne y en espíritu con todo mandamiento suyo,
a los que están inquebrantablemente llenos de la gracia de Dios y a los que
están purificados de todo extraño tinte, les deseo una abundante alegría sin
mancha, en Jesucristo, Nuestro Dios (…)
Pedid a Cristo por mí para que, por
medio de estos instrumentos, logre ser un sacrificio para Dios. No es doy
órdenes como Pedro y Pablo. Aquéllos eran Apóstoles; yo soy un condenado;
aquéllos, libros, yo, hasta ahora, un esclavo. Pero si sufro el martirio, seré
un liberto de Jesucristo y en Él resucitaré libre. Ahora encadenado, aprendo a
no desear nada (…)
Para mí es mejor morir para Jesucristo
que reinar sobre los confines de la tierra. Busco a Aquél que murió por
nosotros. Quiero a Aquél que resucitó por nosotros. Mi partida es inminente.
Perdonadme, hermanos. No impidáis que viva; no queráis que muera. No entreguéis
al mundo al que quiere ser de Dios, no lo engañéis con la materia. Dejazme
alcanzar la luz pura. Cuando eso suceda, seré un hombre. Permitidme ser
imitador de la Pasión de mi Dios (…)
Mi deseo está crucificado y en mí no hay
fuego que ame la materia. Pero un agua viva habla dentro de mí y, en lo íntimo,
me dice: Ven al Padre. No siento gusto por el alimento de corrupción ni
por los placeres de esta vida. Quiero Pan de Dios, que es la Carne de
Jesucristo, el de la descendencia de David, y como bebida quiero su Sangre, que
es el amor incorruptible.
(José Antonio Loarte, El tesoro de los Padres / Selección de textos de los Santos Padres para el cristiano del tercer milenio, p.28-30, Ediciones Rialp, Madrid, 1998, apartado nº 9)
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