PREPARACIÓN PARA LA CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA
La comunidad y el perdón de las ofensas
Romano Guardiani, capítulo 18
La comunidad no significa que se
encuentran reunidas muchas personas, ni tampoco únicamente muchas personas
piadosas y devotas. Se puede dar esto, pero en este caso carece de esa unidad,
fortaleza y el mismo tiempo intimidad, que define a la “comunidad”. De esta
característica esencial habla la frase de Cristo: Porque donde hay dos o
tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos (Mt
18,20). También lo hace el libro de Los Hechos de los Apóstoles, en su
relato sobre los primeros tiempos después de Pentecostés: Íntimamente
unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían
juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran
queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con
aquéllos que debían salvarse (2,46-47). La
comunidad existe allí donde un grupo de personas están reunidas en virtud de la
fe, conscientes de su permanencia a Cristo y de la celebración del misterio
sagrado.
Esto no ocurre porque sí, sino que los
hombres, en torno a quienes se produce esto, deben hacer algo. A veces, se
produce espontáneamente, por ejemplo, cuando una necesidad apremiante o una
alegría poderosa inunda los corazones, o la persona de un expositor inspirado
reúne a un auditorio, o una de esas misteriosas oleadas espirituales atraviesa
las horas y, a partir de muchos individuos, configura una gran unidad,
emocionada y orientada por algo común a todos. Por regla general, una comunidad
surge cuando los hombres la desean. En esto pueden ayudar muchos factores: la
solemnidad del lugar, el sonido del órgano, el poder de la Palabra de Dios, la
gravedad y el misterio de la acción sagrada.
Para que haya comunidad, el creyente debe
comprender lo que es ella, debe quererla y hacer lo que le corresponde para
lograrla. Aquí habría mucho que decir, ante todo, algo que tiene que acontecer
antes de entrar en la iglesia.
El Señor dice en el Sermón de la Montaña
[…] si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que hermano tiene
alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con
tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt
5,23-24). Significa que cuando vas a celebrar la fiesta sagrada y te viene
a la conciencia de que has hecho algo injusto a alguien y él está enojado
contigo, no puedes entrar en el templo, como si no pasara nada. Si así lo
haces, entras en el espacio externo, pero no en la comunidad, pues ésta no te
acepta. Ella se quiebra allí donde tú estás. La comunidad es la relación
sagrada que aquí va desde un hombre hasta otro, por cuanto conduce desde Dios
al hombre y desde éste hacia Dios. Ella es la unidad que consiste en que el
Cristo viviente “está en medio de éstos”, frente al rostro del Padre y en la
fuerza del Espíritu Santo. Pero cuando tú cometes alguna injusticia contra “tu
hermano”, es decir, contra cualquier hombre, y él te lo reclama, entonces se
levanta entre ambos un muro que, destruye esa unión sagrada. En lo que a ti
respecta, no hay aquí ninguna comunidad. Si debe haberla -y tú eres responsable
de que eso ocurra-, ordena las cosas.
(Romano
Guardini, Celebración de la Santa Misa / La comunidad y el perdón de
las ofensas, 18 p. 69-70)