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Tel El Oreime (zona occidental) Es el lugar de la Genesaret evangélica, que da nombre al lago y a la amplia y fértil llanura que se abre a sus pies. Corresponde a la Kineret del A. Testamento (Jos 19,35) que hunde sus raíces en las épocas del Bronce y del Hierro. En 1928 se descubrió una inscripción que celebra los triunfos del faraón Tutmosis III en Meguido, en 1478 a.C. Las históricas cuevas de Wadi el Amut aportaron, en 1925, un cráneo humano del Neanderthal y del periodo paleolítico: “el hombre galileo del paleóntropo palestinense”.
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La resurrección de Jesús es tema central de la predicación apostólica, y forma una unidad indisoluble con el misterio de la crucifixión y de la muerte. “A este Jesús -dice san Pedro-, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,32.36). Es la misma afirmación que encontramos en los discursos de san Pablo: “Os anunciamos -dice en la sinagoga de Antioquía- la realización de la promesa hecha a nuestros padres, que Dios ha llevado a cabo para nosotros, sus descendientes, al resucitar a Jesús, según estaba escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Hch 13,32-33).
El testimonio del Nuevo Testamento: el anuncio de Jesús, el sepulcro vacío, las apariciones a los discípulos.
En el Nuevo Testamento
se encuentran numerosísimos testimonios referentes a la resurrección del Señor,
incluso en aquellos escritos que se detienen poco en la narración de hechos de
la vida de Jesús. Hay como una universal urgencia de dar testimonio de la
resurrección de Cristo, de forma que este acontecimiento se encuentra reflejado
no sólo en los cuatro evangelios, sino en los discursos misioneros de san Pedro
y san Pablo recogidos en Hechos, en las cartas paulinas y en otros escritos apostólicos.
LA MUERTE DEL SEÑOR
La
muerte de Cristo no fue uno de los posibles términos de su vida terrena, sino
la meta terrena prevista que consumaba su acción redentora, preordinada por
Dios y querida también por la voluntad humana de Jesús. Efectivamente, Él mismo
dijo a los discípulos, refiriéndose a su muerte: “Con un bautismo tengo que ser
bautizado, y ¡cómo me siento constreñido hasta que se cumpla!” (Evangelio san
Lucas 12,50).
Las
narraciones del Nuevo Testamento y las profesiones de fe llevan, en primer
lugar, a la cruz como acontecimiento histórico: “Fue crucificado bajo Poncio
Pilato”, proclamamos en el Símbolo. Y san Pablo, subrayando que transmite lo
que él mismo ha recibido, expone a los fieles de Corinto lo que estima nuclear
en el Evangelio: “Pues en verdad os he transmitido, en primer lugar, lo que yo
mismo he recibido: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras,
que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se
apareció a Cefas, luego a los Doce” (1 Corintios 15, 3-5).
Los evangelios ofrecen una narración amplia de las últimas horas de la vida de Jesús, desde la Última Cena hasta su muerte en la cruz. Para destacar la importancia que estas horas revisten para los evangelistas, baste recordar el dato de que la Pasión ocupa una tercera parte del Evangelio de Marcos.
Se comenta a continuación los capítulos:
La Última Cena y el sentido de la Pasión
La iniciativa del Padre
El “abandono” de Jesús
La gloria de la cruz
Muerte y sepultura del Señor
(Fernando Ocáriz, Lucas F. Mateo-Seco, José
Antonio Riestra, El misterio de Jesucristo, p.407-408, Editorial Eunsa)
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